El frío de la montaña se aferraba a sus manos, el sudor le recorría la frente y cada respiración se sentía más pesada que la anterior. Bajo sus pies apenas había espacio para caminar. A un lado, la pared de la montaña; al otro, el vacío. Un mal paso podía costarle la vida.
Mario Peña lo sabía, por eso avanzaba con cuidado por aquel estrecho sendero de la Sierra Nevada de Santa Marta. Llevaba varios días caminando y el cuerpo empezaba a sentir el peso de la altura, entonces pensó casi como una advertencia: “El que dé un mal paso, paila”.
Y justo después, pisó una roca, su pie resbaló, el cuerpo perdió el equilibrio y la montaña dejó de estar bajo él. Mario cayó. Intentó agarrarse de una rama que apareció frente a sus manos, pero la velocidad de la caída la partió. Vio entonces un pequeño pino de páramo, volvió a intentar tenerlo entre sus manos y también se rompió.
Siguió cayendo durante unos veinte metros, la montaña se convirtió en una ráfaga de imágenes. Su infancia, su vida, las personas que quería. Todo pasó frente a sus ojos mientras el cuerpo rodaba por la pendiente. Hasta que vio una raíz. Esta, apenas sobresalía del suelo, una última posibilidad, una última oportunidad. Mario lanzó las dos manos y se aferró. La raíz resistió y él también. Durante unos segundos no supo qué hacer, cerró los ojos y cuando los abrió, seguía allí. Vivo.
Desde arriba escuchó un grito.
—¡Mario! ¿Estás bien?
Era el guía que lo acompañaba. Mario permaneció en silencio, estaba en shock. Primero se tocó los brazos, las piernas, las costillas. Buscó alguna fractura, algún hueso fuera de lugar, algo que le confirmara que la caída había sido peor de lo que parecía.
Pero estaba entero.
—Sí, sí. Estoy bien.
Devolvámonos. —alcanzó a responder.
Desde entonces, cada ascenso parece recordarle lo mismo en la montaña: llegar a la cumbre nunca será más importante que regresar a casa.
Quizás Mario no se hizo amigo del riesgo, quizás simplemente, aprendió desde niño a caminar a su lado. A los seis años ya sabía que las paredes de una casa le quedaban pequeñas. Mientras otros niños encontraban refugio entre cuatro paredes, él buscaba el ruido de un balón contra el cemento, el ardor en los pulmones después de correr y esa sensación de tener el corazón golpeando el pecho como si quisiera salirse.
Todavía no lo sabía, pero llevaba años entrenando para algo que no tenía balón ni porterías. La montaña apareció durante el primer semestre de Ciencias del Deporte y la Educación Física, en la Universidad de Cundinamarca. A Mario y a Álex, su socio y compañero de aventuras les entregaron un mapa y una instrucción sencilla: encontrar el sendero. Caminaron durante doce horas. Doce horas de cansancio, de dudas, de piernas que empezaban a pesar y de preguntarse, seguramente más de una vez, por qué habían decidido meterse allí. Pero llegaron. Y cuando lo hicieron, algo había cambiado.
Después vinieron otras caminatas. Primero con amigos, después con desconocidos que querían vivir aquello que Mario y Álex habían comenzado a descubrir. La montaña dejó de ser un plan de fin de semana y comenzó, lentamente, a reclamar un lugar en sus vidas. Durante años, Mario intentó sostenerla junto a todo lo demás, tenía un pie en la montaña y otro en una vida que parecía exigirle estabilidad. Hasta que llegó la pandemia.
El mundo se detuvo y, paradójicamente, Mario entendió que él ya no quería seguir dividido, si la vida podía detenerse de un momento a otro, quería dedicar la suya a aquello que llevaba años haciéndolo sentir vivo. Hoy tiene títulos, especializaciones y experiencia. Es profesional en Ciencias del Deporte y la Educación Física, especialista en Pedagogía de la Lúdica y guía profesional especializado en alta montaña y turismo de naturaleza, pero cuando habla de su oficio, los diplomas parecen quedarse cortos.
Mario se define como amante de la naturaleza, protector de las montañas y educador. Porque subir, para él, nunca ha sido solamente llegar más alto, es aprender a mirar.
Antes de cualquier expedición, Mario estudia, mira mapas, calcula distancias, revisa alturas, identifica riesgos. Después prepara el cuerpo; corre por las montañas de Bogotá, sube Monserrate, practica escalada, incluso cambia temporalmente las cumbres por el mar, por el nado en aguas abiertas, por la sensación de la corriente oceánica recorriendo por su cuerpo.
Pero hay algo que no aparece en ningún mapa y que puede ser tan determinante como la resistencia física: la mente. En la montaña, Mario aprende a leer personas, porque allá arriba el silencio puede decir más que las palabras. Cuando alguien se siente mal, no importa cuánto falte para llegar a la cima, la persona debe bajar. La montaña no negocia con el orgullo, porque arriba no hay ambulancias esperando ni una puerta de hospital a pocos metros.
Mario ha recorrido montañas de Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia, ha caminado sobre glaciares y ha formado parte de cordadas en las que confiar en el otro no es una cuestión de amistad, sino de supervivencia. Porque en la montaña, hasta unos cuantos milímetros pueden separar la vida de la muerte.
Durante días Mario puede caminar sin más compañía que sus pensamientos, entonces recuerda, revisa, se pregunta qué está haciendo bien, qué debería cambiar, hacia dónde está llevando su vida. Y, en medio de esas preguntas, aparece una respuesta con nombre propio. Su hija, su “polo a tierra”.
A veces Mario puede pasar más de un mes lejos de casa, entonces llega una llamada, ella pregunta cuándo vuelve y él, entre lágrimas solo intenta explicarlo. La montaña es el lugar al que Mario quiere llegar, pero su hija es a donde él siempre quiere regresar. Ese es, quizá, el verdadero costo de su oficio. Ni el frío, ni el cansancio, ni el miedo ni mucho menos la distancia.
Ahora su camino apunta todavía más alto, Mario acompaña a Juan Serrano, en su proyecto de Cero al Everest, en la preparación para intentar llegar a la cordillera del Himalaya en 2028. Lo que comenzó como un trabajo de entrenamiento, terminó convirtiéndolo en parte del equipo que sostiene el proyecto.
El Everest todavía está lejos y Mario sabe que para llegar no basta con desearlo, tiene que seguir moldeando su cuerpo y su mente. Tal vez por eso Mario no colecciona cumbres, colecciona aprendizajes, porque la montaña le ha enseñado que no siempre gana quien llega primero y que, algunas veces, la decisión más valiente no es continuar, sino saber cuándo regresar.
Hace años, una raíz lo sostuvo cuando cayó en la Sierra Nevada de Santa Marta, podría haber sido el final. Pero Mario volvió a levantarse, volvió a casa y sin dudarlo un segundo, volvió a la montaña. Él no habla solamente de subir, habla de regresar, porque quizás una cumbre no sea el punto más alto de una montaña. Quizás sea ese instante en el que, después de enfrentarse al vacío, uno entiende todo lo que todavía tiene esperándolo abajo.
Porque para Mario Peña, la verdadera cumbre no siempre está en la cima. La verdadera cumbre es volver a casa.





