El terremoto de magnitud 7,4 que ocurrió el pasado 10 de agosto en San José del Palmar, Chocó, volvió a poner sobre la mesa una preocupación que va más allá del lugar donde se originó el movimiento: la capacidad de las edificaciones para responder ante un sismo. En Bogotá, tras la magnitud del evento el Instituto Distrital de Gestión de Riesgos y Cambio Climático (IDIGER) activó visitas técnicas a las viviendas y edificaciones que los ciudadanos reportaron por posibles afectaciones. Para el 25 de agosto, la entidad había recibido 1.231 solicitudes y evaluado cerca de 44.815 viviendas y edificaciones en la ciudad. Entre las localidades con mayor número de reportes de daños generalizados se encuentra en Suba.
Por algunas calles de Suba, basta con levantar la mirada para notar algo: las casas no parecen terminar nunca. Sobre un primer piso aparece un segundo; sobre ese, un tercero y, algunas veces, un cuarto o un quinto. Las ventanas se repiten una encima de otra, los ladrillos cambian de tono y algunas fachadas todavía conservan las marcas de lo que alguna vez fueron. Es como si las viviendas hubieran aprendido a crecer al mismo ritmo que las familias que las habitan. Así, poco a poco, una casa que comenzó pequeña puede terminar elevándose varios metros sobre la misma calle que la vio nacer.
Pero hay una parte de ese crecimiento que no se alcanza a ver desde afuera. Una casa puede mostrar cuánto ha crecido, pero no necesariamente cómo lo ha hecho. Detrás de cada piso nuevo hay decisiones sobre materiales, columnas, estructuras y formas de construcción que pueden pasar desapercibidas hasta que la tierra se mueve. El 10 de agosto, cuando el terremoto sacudió a Colombia, esas decisiones adquirieron otro significado. ¿Qué tan preparadas están las viviendas que han sido construidas y ampliadas poco a poco por sus propios dueños para resistir un movimiento en la tierra?
Durante los últimos años, la construcción informal y la ampliación progresiva de viviendas pequeñas se han convertido en una realidad extendida en Bogotá. En Suba, especialmente en sectores como Lisboa, Tuna, Bilbao, entre otros, esto responde en muchos casos a las necesidades de las familias y a las posibilidades económicas que tienen para modificar sus hogares.
Así se vivió el sismo en Suba
El caso de Miguel Rincón permite aterrizar esta situación en una vivienda concreta de Suba. La casa fue construida por etapas: el primer piso estuvo a cargo de su padre, quien se dedicaba a la construcción, y posteriormente Miguel continuó con los niveles superiores junto a un maestro de obra. Para levantar la vivienda, compró directamente materiales como cemento y varillas y dejó la ejecución en manos del maestro, cuya experiencia provenía de años de trabajo en construcción. “Yo sabía algunas cosas porque desde pequeño vi a mi papá trabajar en construcción, entonces uno va aprendiendo de lo que ve”, cuenta Rincón.
Sin embargo, durante el proceso no se realizó un estudio profesional del suelo ni una evaluación estructural de la vivienda. Miguel tampoco acudió a un ingeniero para determinar las condiciones del terreno, la capacidad de la estructura o si esta podía soportar futuras ampliaciones. “Nunca tuvimos un ingeniero que nos dijera cómo estaba construida la casa o hasta dónde podía crecer; confiamos en la experiencia del maestro y en lo que nosotros conocíamos”, explica. Su caso evidencia la diferencia entre el conocimiento empírico con el que pueden levantarse algunas viviendas y los estudios técnicos que permiten determinar si una edificación cumple con las condiciones necesarias para responder ante un sismo.
El caso de Santiago Rodríguez, quien vive en Suba desde hace 24 años, plantea un escenario diferente. Santiago vive en una casa de tres pisos, sin ampliaciones y construida con licencias y todas las regulaciones, pero esto no evitó que su vivienda presentara un daño estructural durante el sismo que describe como “eterno”.
En el momento del sismo no se preocupó mucho por la casa, se preocupó primordialmente en ayudar a su madre, recién operada de la rodilla, a salir, mientras que su alrededor parecía dar vueltas. Al momento de volver a ingresar revisaron que todo estuviera en orden, que la casa no presentara daños, pero, lamentablemente encontraron en el segundo piso una grieta que podía indicar una ligera fractura de la vivienda justo en el suelo. El caso muestra que incluso las construcciones con licencias, con estudios de construcción y cumpliendo los decretos necesarios pueden presentar fallas.
La expansión de las viviendas
Camilo Andrés Vaquero, ingeniero que ha trabajado en la ampliación de viviendas autoconstruidas, indica que, aunque a simple vista la vivienda puede que se vea fuerte estructuralmente, se llegan a ignorar los cambios internos de la edificación, y lo que puede llegar a causar daños. "Siempre que trabajamos en una ampliación tenemos que hacer una revisión profunda, análisis de cimientos, revisión de la calidad del material estructural al momento de la posible obra", cuenta Vaquero. El experto confirma que lo que más importante para estas situaciones es hacer ensayos no destructivos o incluso, destructivos que nos permitan determinar la viabilidad de la ampliación.
Vaquero apunta que “muchas personas creen que pueden seguir sumando peso y estructuras a la construcción inicial sin ninguna evaluación, sin embargo, estas deben tener un acompañamiento profesional y licenciado para realmente contar con los parámetros de seguridad necesarios si ya tomaron la decisión de ampliar su hogar”.
Vulnerabilidad y condiciones del territorio
La vulnerabilidad de estas viviendas, sin embargo, no depende únicamente de cuántos pisos tienen. También importa dónde están construidas y bajo qué condiciones fueron levantadas. Claudia Rodríguez, arquitecta y exfuncionaria del IDIGER, estuvo a cargo de la gestión del riesgo en Suba entre 2023 y 2025. Durante ese tiempo recorrió diferentes sectores de la localidad junto con comunidades y otras entidades para identificar puntos de riesgo, reconocer las condiciones del territorio y promover acciones de prevención.
Desde esa experiencia, explica que “buena parte de las viviendas autoconstruidas se encuentran hacia las zonas periféricas de Suba, algunas cercanas a zonas hídricas, laderas y áreas de protección ambiental en una misma localidad”. Esto significa que, el riesgo no es uno solo: además de la amenaza sísmica, existen escenarios de inundaciones, deslizamientos y avenidas torrenciales en estas zonas.
Para Rodríguez, conocer las características del terreno es fundamental para determinar qué tipo de estructura puede construirse y hasta dónde puede crecer una vivienda. El problema aparece cuando una familia amplía su casa sin conocer las condiciones del suelo ni las capacidades de la estructura original. Rodríguez afirma que “A eso se suma el conocimiento sobre cómo trabajan elementos como el concreto, el acero y cómo responden frente al peso que soporta una edificación”. Por eso, estas edificaciones, en términos estructurales, pueden presentar mayor vulnerabilidad ante un próximo terremoto.
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Condiciones estructurales
Juan Pablo Arévalo, ingeniero civil, señala que, por ejemplo, el acero y el concreto cumplen funciones distintas dentro de una edificación, por lo que su calidad, cantidad y disposición son determinantes para su comportamiento estructural.
Arévalo explica que una edificación correctamente diseñada debe contemplar las cargas que recibirá durante un sismo y contar con la capacidad necesaria para disipar la energía que este produce. “La capacidad de la estructura puede verse comprometida cuando una vivienda construida inicialmente para uno o dos pisos comienza a ampliarse sin que los nuevos niveles hayan sido previstos desde el diseño original.”
Arévalo asegura que agregar un piso no consiste únicamente en levantar nuevas paredes: también significa incorporar peso y nuevas cargas sobre columnas, vigas, cimentaciones y conexiones que pudieron no haber sido calculadas para soportarlas.
Uno de los elementos fundamentales en ese comportamiento es el acero. Arévalo explica que este material permite que la estructura tenga la flexibilidad necesaria para deformarse y disipar parte de la energía producida por un movimiento sísmico, mientras que el concreto responde principalmente frente a la compresión. Por eso, la cantidad, calidad y disposición del acero son determinantes. En algunas viviendas que han sido ampliadas progresivamente, además, pueden quedar varillas expuestas durante años antes de continuar la construcción; ese deterioro puede afectar la continuidad con la que las cargas se transmiten dentro de la estructura.
Para Arévalo, la capacidad de una vivienda no depende únicamente de cuántos niveles tiene, sino de si su estructura fue calculada para soportarlos y de cómo se realizaron las modificaciones posteriores. También, para el ingeniero Vaquero es muy importante tener en cuenta las distancias entre las viviendas, este habla de una “separación considerable entre edificaciones para que permita el rango de movimiento”.
Expertos coinciden en que el suelo es una de las variables que deben analizarse antes de construir, junto con los materiales, el sistema estructural y las modificaciones que se realicen a lo largo del tiempo. Estos elementos permiten determinar cómo puede responder una vivienda ante las cargas producidas por un sismo.
Así que dos viviendas con el mismo número de pisos pueden tener comportamientos diferentes ante un sismo. En las viviendas que han crecido progresivamente, una evaluación técnica permite establecer si la estructura existente puede asumir las cargas de las nuevas construcciones y si requiere intervenciones para mejorar su comportamiento sísmico. No basta con observar cuántos niveles tiene una casa o cómo se ve desde afuera: es necesario conocer cómo fue construida, sobre qué terreno y qué modificaciones ha tenido para determinar qué tan preparada está ante un sismo.
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