Los futbolistas juveniles colombianos que aprenden a sobrevivir en Argentina

Sábado, 30 Mayo 2026 19:40
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Simone Suárez Hernández tiene 13 años y ya entendió que perseguir el sueño argentino significa entrenar hasta agotarse y aprender a vivir lejos de casa.

Simone Adrián Suarez Hernández jugando en Colombia para La Tricolor||| Simone Adrián Suarez Hernández jugando en Colombia para La Tricolor||| Simone Adrián Suarez|||
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El silencio en el vestuario dura apenas unos segundos. Después llegan los golpes secos de los guayos contra el piso, el sonido del agua cayendo sobre las baldosas y el olor mezclado entre humedad, desodorante y sudor fresco. Hay cuarenta jugadores apretados en un mismo espacio. Algunos hablan duro, otros se ríen mientras se empujan. Varios se bañan desnudos, como si nada. Simone Adrián, en cambio, todavía entra a las duchas con el calzoncillo puesto.

Tiene 13 años y hace menos de un mes dejó Colombia para irse a Argentina a perseguir el sueño que miles de niños repiten cada tarde en una cancha de barrio: convertirse en futbolista profesional. Pero el sueño, cuando finalmente llega, no se parece a las compilaciones de TikTok ni a los videos motivacionales de YouTube. Se parece más al cansancio. A la soledad. A despertarse a las 5:30 de la mañana para entrenar dos horas y media sin descanso. A extrañar un chocolate en pasta y una panadería colombiana. A llorar escondido después de hablar con la familia.

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En Colombia jugaba para La Tricolor. Vivía una rutina parecida a la de cualquier adolescente: colegio en la mañana, entrenamiento en la tarde y regreso a casa. Todo cambió después de unas pruebas realizadas en Bogotá. Un representante lo vio, llegó la llamada y, de un momento a otro, el fútbol dejó de sentirse como una posibilidad lejana. La propuesta era viajar a Argentina para integrarse a las divisiones juveniles del Club de Gimnasia y Esgrima La Plata, “fue un momento de mucha felicidad”, recuerda. “Había logrado lo que tenía en mente”.

Simone jugando en un partido contra Fortaleza. Imagen: Simone Suarez.

La primera propuesta que recibió la familia parecía imposible de pagar: 8.000 dólares para viajar a Argentina. La emoción rápidamente se mezcló con la angustia. Su mamá habló con el representante y le explicó que no tenían cómo asumir un costo así.

Entonces empezaron a negociar otra posibilidad. El acuerdo terminó incluyendo trabajo para ella: cocinar, cuidar a los jugadores y ayudar con distintas tareas de la casa donde viven los colombianos. Mientras tanto, la familia y las personas cercanas comenzaron a moverse para reunir dinero. Hicieron rifas, ventas de almuerzos, empanadas y hasta le regalaron guayos para que pudiera viajar.

El sueño de irse a Argentina empezó mucho antes del primer entrenamiento. Empezó cuando una familia entera entendió que, para darle una oportunidad a un niño de 13 años, todos tenían que sacrificarse también.

Pero la felicidad duró apenas unos días antes de convertirse en vértigo. Los vuelos eran costosos, los papeles todavía no estaban listos y casi no hubo tiempo para despedidas. El día del viaje lloró durante horas. Dice que sintió que estaba dejando toda su vida atrás, “mi familia es demasiado unida. Yo no sabía cuándo los iba a volver a ver”.

El caso de Simone Adrián no es aislado. Desde hace años, Argentina se convirtió en uno de los destinos más atractivos para futbolistas colombianos que buscan procesos formativos más competitivos. Solo en 2019, la prensa argentina hablaba de una "invasión colombiana" en la primera división con cerca de 30 jugadores del país en la liga profesional. Pero detrás de las figuras consolidadas hay otra migración menos visible: adolescentes que dejan el colegio, la familia y la infancia para intentar sobrevivir en estructuras deportivas mucho más exigentes.

Y sobrevivir es la palabra que más se repite cuando Simone habla de sus primeras semanas, “yo pensé que entrenaba duro en Colombia”, dice. “Pero llegué acá y me di cuenta de que no entrenaba nada”.

Simone en La Plata, Argentina. Foto: Simone Suarez.

En el fútbol juvenil argentino nadie se queda quieto. El que no está jugando corre. El que termina un ejercicio empieza otro. Las sesiones duran más de dos horas y el gimnasio no es complemento: es parte central de la rutina. En Club de Gimnasia y Esgrima La Plata, Simone descubrió un ritmo que no conocía, en Colombia, mientras unos juegan, otros esperan sentados. Acá no. Acá el que espera hace intermitentes durante media hora”.

Los primeros entrenamientos le dejaron los isquiotibiales destruidos. Terminó varias veces en fisioterapia por sobrecargas. La resistencia empezó a pesarle más que cualquier otra cosa. Había días en que las piernas simplemente no respondían, pensé que no iba a aguantar”.

Pero el fútbol argentino no parece diseñado para esperar procesos emocionales. El juvenil debe adaptarse rápido: al ritmo, al roce físico, a la convivencia y hasta a la forma de habitar el cuerpo dentro de un vestuario.

Las instalaciones de entrenamiento en La Plata todavía le impresionan. Los vestuarios son amplios, organizados, impecables. Las paredes azules, las bancas alineadas y el olor constante a humedad y desodorante hacen que todo se sienta más profesional, pero también más frío. Ahí, entre mochilas, botines mojados y duchas abiertas, entendió otra diferencia cultural, allá ellos tienen cuerpo de atleta”.

Muchos de sus compañeros llevan años entrenando juntos. Se conocen desde niños y se mueven con naturalidad en un ambiente donde la privacidad casi desaparece. Algunos se bañan desnudos. Otros no. Simone todavía no logra sentirse completamente cómodo, al principio me daba mucha pena”.

No solamente por la desnudez. También por la comparación. En Colombia todavía era un adolescente más dentro de una escuela de fútbol. En Argentina empezó a verse como un jugador en construcción física permanente. El gimnasio, la alimentación y el descanso dejaron de ser detalles secundarios. quiero mejorar lo más rápido posible para encontrarme en esa forma física”.

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Porque irse a Argentina siendo juvenil no significa únicamente cambiar de club. Significa cambiar la relación con el cuerpo. El talento ya no alcanza por sí solo. Allá el jugador colombiano descubre rápido que la técnica debe convivir con la intensidad, la resistencia y la disciplina diaria. 

En Colombia, muchas veces, todavía sobrevive una idea romántica del futbolista talentoso: el niño habilidoso que resuelve con la pelota. Argentina, en cambio, parece obsesionada con otra cosa: el esfuerzo constante. El juvenil corre antes de tocar el balón. Corre mientras espera. Corre, aunque esté agotado.

Simone lo entendió desde el primer entrenamiento, ahí dije: esto ya no es un juego”. Ahora vive en un apartamento con otros colombianos. Comparte cuarto con su mamá y casi nunca tiene privacidad. Después de entrenar vuelven en un micro durante cuarenta minutos, comen algo y estudian virtualmente el resto del día. Cuando pueden, ven películas o juegan en la terraza. Pero la nostalgia siempre termina encontrando espacio.

Simone jugando contra el club BHQZ. Foto: Sebastián Betancur.

Hace unos días compró unas láminas para llenar el álbum de fútbol, una tradición que tenía con su hermano y su tío en Colombia. Los llamó por videollamada mientras abría los sobres. Apenas salió una ficha importante, se quebró, nunca había hecho eso solo”. Entonces lloró otra vez.

Habla del llanto sin vergüenza, como si hubiera entendido demasiado rápido que crecer lejos de casa también implica eso: aprender a desahogarse en silencio, para mí es importante llorar”.

Después de cada llamada vuelve a pensar en lo mismo: todo lo que dejó atrás y todo lo que todavía quiere conseguir. Dice que quiere darle una vida mejor a su familia. Que no quiere repetir las dificultades con las que crecieron su mamá y su hermano. Por eso sigue.

Por eso aguanta los entrenamientos, el cansancio y las noches difíciles. Por eso entra todos los días a un vestuario lleno de desconocidos intentando parecer más fuerte de lo que realmente se siente. Porque el sueño de cientos de juveniles colombianos no empieza cuando un club los llama.

Empieza realmente cuando tienen 13 años, están lejos de su casa y entienden que en Argentina nadie va a bajar la intensidad para esperarlos.